Hoy no florecerá la noche.
Hoy el tiempo se detiene en el pasado de mi vida… Nada se mueve, todo en eterna quietud se resguarda en si mismo…
Como conocer a un extraño que sientes la necesidad de que te agrade, como la sensación de angustia al conocer a alguien que sabes estará toda la vida contigo... como sentir nauseas ante el abismo... así me siento al intentar conocerme
Hoy no florecerá la noche.
Hoy el tiempo se detiene en el pasado de mi vida… Nada se mueve, todo en eterna quietud se resguarda en si mismo…
Haciendo malabares entre deseos malparidos y gratas maldiciones, sonrío ante una multitud de desahuciados.
Son los “vivos” los que me hablan.
Esa gente con la vida para largo, con preciosas casas aún no construidas, con esposas y esposos maravillosos a los cuales aún no mienten, grandes almas que aún no se traicionan así mismas son las que lamentan mi pronta marcha de sus menesteres.
Juego entre sus lamentos y mis injurias, entre sus condolencias y mis “mentadas”… ¿Qué me podrán decir ellos? Hablar de lo hermoso de la vida es demasiado vulgar hasta para los vivos… Hablarme del futuro es demasiado elevado para la mierda en la cual se desenvuelven… Nada pueden decir que tenga sentido… Su vida es un accidente y que yo lo vea así es producto de mi grandísimo desprecio, no por la vida, sino por sus vidas, tan vacías, tan grotescas, tan frágiles y con tan poca trascendencia…
Con un pañuelo sacudo sus insulsas lágrimas de mi rostro… Me ofrecen sus almas ahora, sus dadivas, su tiempo libre… Ahora que ya no seré quieren que sea, ahora que La Nunca Retrasada me quiere cerca ellos quieren que mi última cita se retrase… No. Ellos saben que no podrá ser, por eso ofrecen lo imposible… ¿acaso si como ellos vivo estuviera los discursos serían los mismos?
La vida sólo cuando ya no es más vida es que parece vida. O así nos parece a nosotros los vivos; la muerte no es muerte sino hasta que la olvidamos, hasta que olvidamos que ella no olvida, y de pronto nos coge y nos quedamos solos, solitos rodeados de multitudes de desahuciados pidiéndonos vida, pidiendo redención, buscando en nuestro rostro la vida que se les va, buscando en nuestros ojos el milagro de la vida eterna.
Solo, solito, rodeado de multitudes de desahuciados, hago malabares entre sus deseos y mis maldiciones para divertirnos un poco entre las ilusiones del perdón y de la redención….
Ella me conmueve…
Ellos se estremecen…
Yo me marcho muy lejos…
Mi paso será fuerte, mi tiempo es corto y lo que tengo que decir es mucho.
La eterna muerte me tiene ya cercado, nunca le he huido pero por fin me ha encontrado, mi destino se ha de cumplir y la boca del diablo vuelto profeta ha dicho que no he de hacerme viejo con esta vida.
Mis ojos encendidos en sangre reflejan la agonía de los que aún viven.
¿Cómo pedir lo qué no te pueden dar? Es que acaso lo que me mantiene vivo es la negación de la realidad, y el pedir lo imposible es lo único que me hace despertar por las mañanas.
El juicio ya se ha hecho y he sido encontrado culpable, las insulsas palabras me han sentenciado y han marcado mi muerte para prontos días.
La condena es lo que me queda de vida.
La muerte no es otra cosa que mi liberación, la expiación de mi pecado.
La muerte es mi perdón. ¿No quiero el perdón? ¿Buscar acaso extender mi condena no es sino negar mi propia absolución?
¿Alargar la vida por el simple hecho de vivir o apresurar el momento final? Quisiera no encontrarme en está situación pero de nuevo caigo en el pedir lo que no puede ser, lo que sí puede ser es que la vida que me queda no es más que el pago de mis años anteriores.
Ya no vivo mi vida, ahora sólo saldo cuentas con mi Dios para poder ser digno de Él.
Alargar mi penitencia es lo más humano que me queda, aferrarme a lo último de mi. Sí la vida eterna me espera ¿para qué alargar la espera? Sólo por nobleza espero los golpes venideros, sólo mi apetito de castigo me mantiene en pie ante las tormentas de mil conciencias. He de pagar con sangre lo que he hecho con mi sangre. He de pagar con mi vida lo qué he hecho con mi vida.
Seré justo y aceptaré el castigo, la irá de mi Dios no es injusta, merecido tengo por todos mis actos, merecido el castigo por todas mis ideas, por todos mis silencios… Aquí Señor entrego mi cuerpo, nada me queda ya.
II
“Pasamos eternas noches queriendo saber de lo eterno”
Desde el principio.
Así empezaremos ahora, desde el principio de las voces que me han formado, de esas voces antiguas que me criaron cerca de la tierra y del copal, de las mujeres de mi sangre, que con sangre, barro y llanto formaron al que ahora escribe.
Recuerdo una cocina y mi abuela grande rodeada de olores, su cara aún fuerte y surcada de dolor le enseñó a mis ojos a ser tristes. La tierra rodeándome.
Mi abuela canta mientras se mece en la hamaca, me canta y yo estoy en sus brazos, le escucho y su voz se pierde en los oscuros de mi infancia. Veo sus pequeños ojos, claros como la miel, viéndome, siguiéndome, hasta que me encierra entre sus sueños; soy el sueño de mi abuela, de la señora grande, de la señora fuerte, de manos pequeñas y de gran espíritu.
Mi madre joven fue madre. Allí, así, esa pequeña mujer diome al mundo entre montañas, y sola, sola me entrego a su vida y me hizo su vida, mi primer respiro fue su llanto, mi primer idea su soledad. Así la tercera de mi abuela fue sola bajo la lluvia, fue sola en los valles lejos de su tierra, así nací ya desterrado.
Fidencia vieja fue origen. Mujer desde la niñez, creció entre ríos, se hizo entre ríos… Y fue la otra de otro y fue sola sin otro; tuvo blanca leche como hija, más el barro le emanaba por la piel, era barro mismo, tierra misma… tierra vieja de un valle bajo el agua, tierra vuelta lodo. Lodo de mi sangre.
Leche fue desde niña, hija de una niña, fue madre cuando niña. Sodelva ¿qué sabía del amor? Y dio siete amores y de sus siete amores el primero fue su más triste amor. El rencor de su madre y de su abuela se atraganto en su vientre, sus siete amores, sus siete odios. Delgada mujer, blanca y frágil que serpientes dejo en su tierra.
I
Viejas ideas rondan mi cabeza, como demonios que me persiguen y me torturan, que me niegan el sueño y las ilusiones. Grotescas ideas de las que creí haberme desecho hace mucho.
Pedestres pensamientos que nada hacen sino hundirme, me hundo y no es bajo el peso de mi propia grandeza sino bajo el insoportable y lastimoso peso de mi mediocridad.
Ingenuo me presento ante los embates de la ignominia, decir que nada de ella tengo es negar la realidad, la vergüenza me consume, los sinsabores de la verdad son paliativos en la hora deshonrosa.